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La espectacular salida desde la Catedral, enmedio de esa nube tan
sugerente pese a su artificialidad, no fue sino el punto de partida de
un recorrido lleno de detalles. Como el de la Coral del Carmen cantando
el Himno de la Coronación. Pero al llegar a la Cruz Vieja, enmedio de
colgaduras con las letanías del Rosario o ante el altar que presidía
una enorme foto del Cristo, la euforia alcanzó caracteres de eclosión.
Unas seis horas de gloria mariana fue lo que el callejero jerezano,
desde la Catedral, encauzó ayer hacia San Telmo. Los mil detalles
desplegados a lo largo del itinerario de vuelta a su capilla hicieron
del recorrido un valle sin lágrimas. El júbilo se apoderó de las
aceras, repletas de público a lo largo de todo el camino, y también de
las filas que antecedían la espléndida estampa de María Santísima del
Valle.
El Reducto, Cruces y el Arroyo se ocuparon de dibujar la primera
estampa de un cortejo que, abierto por la Banda de Cornetas y Tambores
de Nuestra Señora del Rosario de Arriate, contó, tras primeros tramos
de hermanos con cera, con las correspondientes representaciones de
hermandades de gloria y de penitencia de Jerez, otras del resto de la
Diócesis y las cofradías de fuera que se animaron a volver.
Así, una semana después de aquella tarde aciaga con la Virgen
recién coronada y la procesión sin salir por la lluvia, regresaron a
Jerez buena parte de aquellas representaciones de Sevilla, La Palma del
Condado, Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María, Rota o la
extremeña Valencia de las Torres.
Pero los mayores brillos estaban, tras los cuarenta hermanos de
entre los cien más antiguos que completaban los últimos tramos, sobre
el paso. La Virgen lucía muchos de los regalos que, en cifra superior
al medio centenar, ha recibido con motivo de esta Coronación Canónica.
Eso sí, sólo mostraba algunos de los de carácter religioso como el
anagrama mariano de la Exaltación o el rosario de perlas de los Padres
Dominicos.
Medalla de Oro de Jerez
Acaso la única excepción profana fuera la Medalla de Oro que
recibiera el Cristo de la Expiración el día 6 de noviembre de 1994.
Hacía dos días que se cumplieron los catorce años desde aquella estampa
que brindara el recordado monseñor Bellido colocando este
reconocimiento en la vela del Cristo y ayer lucía en el pecho de la
Virgen del Valle. La cesión a la Madre constituyó uno de esos detalles
cargados de simbolismo que se pretendían para la ocasión.
El resto fue ese encanto cofradiero con el que procesionó por
Carpintería Baja cuando los sones de la Banda de Palomares acompañaban
a la Virgen como tantos Viernes Santos, la oficialidad evidenciada al
llegar al Ayuntamiento, el festivo acento bajo las petaladas del
Consistorio o Puerta de Sevilla, la emotiva despedida de las
representaciones en la plaza del Arenal y la llegada a un barrio que
perdió el sentío al verla bajo el arco especial instalado a la entrada
en la Cruz Vieja.
Sobre las alfombras que la llevaron hasta la esquina de Galván y
hasta llegar a la ermita procesionó en medio de una muchedumbre
memorable.
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